Antiguamente la gente vivía menos y no se divorciaba porque era una deshonra, un pecado contra el mismísimo Dios. El matrimonio era como firmar una cadena perpetua irreversible y voluntariamente. En este mundo moderno y liberal puedes reincidir en la fechoría varias veces. El que se casa por segunda vez brinda con una sorprendente candidez. El hombre en su necedad cree que la respuesta en este caso es separarse, dimitir, fugarse, esconderse en el bosque. Y se casa otra vez tropezando con la misma piedra. La amante que hoy es la esposa es más celosa y bruja que la primera. Se siente en un pozo hondo y blasfema duramente en contra de esa musa que lo invitó a casarse por segunda vez, riéndose. Se siente estafado y lo gritará a los cuatro vientos sin poquedades.
JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE
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